|
Pintura: sobreviviendo la demencia
Arnaldo Roche
Este grupo de pinturas forma parte del desarrollo de ideas alrededor de Fraternos: Vincent el puente entre mi Hermano y Yo, ejecutadas entre los años 2002 2003.
Después de los sucesos del 11 de septiembre contemplaba buscar una manera de recoger a través de la pintura el arduo proceso humano de resignación y restauración. Documentar destrucción y tragedia puede ser hecho de mil maneras. Como esos recuentos noticiosos que nos hacen revivir la misma tragedia una y otra vez. Como una buena instalación de museo que nos puede conmover al sacudir nuestra memoria. Recoger en imágenes cómo los afectados por el mismo evento sobreviven a la tragedia no sería tarea fácil. Toma más tiempo reconstruirse emocionalmente que los segundos que toma el evento catastrófico en ocurrir. La muerte no anunciada no se entiende y no se puede justificar, haciendo muy duro el proceso de recuperación. Continuamos viviendo en pedazos. Reviviendo la tragedia entre recuentos de lo perdido y la fabricación de fantasías de lo que pudo haber sido y no es. Esta serie de pinturas apuntan a esas etapas emocionales donde la mente fabrica innumerables imágenes como alternativas para sanar y sobrevivir. No se convierten estas imágenes en meros ejercicios de creatividad fantasiosa. La fibra de este collage está basada en sucesos y alternativas reales de lo que pudimos haber hecho o estaríamos dispuestos a hacer para alterar estos sucesos. Abrazar, sostener y hasta proteger lo que nos queda sería parte de estas imágenes. Otra podría ser el acto de fe con el que nos consolamos al pensar que lo perdido será recuperado al otro lado de la muerte.
¿Qué posibilidades tendrá en estos tiempos una pintura que encierre lo que ardientemente deseamos; ese sueño que se convierte en nuestra identidad; ese margen de nuestra realidad que nos permite continuar viviendo y funcionando normalmente; estas ideas que nos permiten terminar el día como héroes? Creo que en estas imágenes estaría en juego la honestidad. Admiro el arte de los mentalmente desequilibrados pero me canso de imágenes alucinatorias de artistas que posan con el juego de la percepción. Resiento meterme en un museo para que me recuerden que seguimos viviendo la vida como si fuera una película o una novela de televisión. Aún hay personas que se levantan a las cinco de la mañana y cuando ya van por la limpieza de la quinta taza de un inodoro público le rezan a Dios para que limpie sus pecados o les sane su alma. Ese para mí es el verdadero momento barroco. El momento de la revelación. El momento en que el pensamiento tiene que sobrevivir al suceso. La acción que te lleva a la epifanía de tu alma.
¿Por qué nadie ha pintado la ciudad del miedo? Una ciudad que sus ocupantes cada mañana al salir de sus casas son obligados a mirar hacia arriba. Forzados a mirar de norte a sur y de este a oeste, para ver si nuevamente los aviones están cayendo del cielo. Tal vez porque nadie tiene el corazón para hacerlo o tal vez porque no sería estratégico tratar de vender lo que nadie quisiera tener colgando en sus hogares. Yo no puedo hablar por el dolor de una nación o por el dolor de una ciudad. Han quedado sin aire, sin palabras y sin imágenes que vayan más allá de lo anecdótico de su tragedia.
Sinceramente no quisiera ver otra película de la película. No quiero ver re editada con luces y sonido la tragedia. No deseo ver el incidente en un monitor aislado en una pequeña caja en medio de una sala de un Museo.
Honestamente quiero lágrimas por lágrimas y dolor por dolor. No quiero ver a ningún artista posando o recogiendo recuerdos para la celebración del día de los muertos. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Al mundo del arte lo que le pertenece, y vamos a entregarle, a los que buscan redención, un arte que les devuelva el alma y sus vidas.
El mayor reto que tenemos los artistas contemporáneos frente a estos eventos no es uno de originalidad sino uno de sinceridad. De esto se trata PINTURA: SOBREVIVIENDO LA DEMENCIA. Darle a la pintura la oportunidad de lo que este medio es capaz de sostener. Deseos de seguir viviendo.
Yo propongo mi propia historia. No para revivir mi dolor sino para entender la pintura como un mecanismo que me haga flotar por encima de mi naufragio. Aun cuando existe el artista contemporáneo serio y genuino, yo estoy cansado de ser empujado a descifrar mundos esquizofrénicos por amor al arte. ¿Qué espacio puede haber en estos tiempos para una pintura que quiera resolver mas allá de un problema de percepción o anecdótico un problema de dolor; de aquel que desea sobrevivir? ¿Qué pasa si hacemos del lienzo un pulmón para respirar, el lugar donde se sana la memoria? Una pintura de encuentro y de salida. La pintura que aunque se vea melodramática pueda funcionar para el alivio del alma. Me imagino que los templos están llenos de esas imágenes y mi interés para ser franco no está puesto en la pintura devocional. Lo que sugiero son imágenes que rayan desde lo ridículo y gracioso hasta lo intenso y lo terrible. Imágenes que se apartarían de lo que se encuentra en la tradición de este género devocional.
Ejemplo de estas ideas por explorar sería: Mujer penetrada por la memoria de su difunto esposo. Darle la oportunidad de que vuelvas a matar a tu enemigo ya muerto ó simplemente invitar a tu madre fallecida a tomar el té sabiendo que en los próximos meses te encontrarás con ella. Estas pinturas que esperan para ser realizadas tienen que mostrar un acercamiento al mundo emotivo del escogido, de la misma persona que se entrega bajo el lienzo. Mi interés no sería discutir el valor de las imágenes y sueños que nos venden a través de sonidos e imágenes proyectadas sobre plasmas. No quiero criticar el mundo de los vivos sino acercarme a esa fabricación de historias y remedios del que cree saber lo que quiere. Provocaciones materializadas en óleo gracias al encuentro psicológico y físico entre el modelo y el artista.
LA HISTORIA
Pintura: Sobreviviendo la demencia es sobrevivir el recuerdo de mi hermano. Es manejar a través de mi pintura los eventos trágicos que rodean a mi familia. Mi hermano ya fallecido padecía de esquizofrenia. La obra no explora el problema de percepción o el aislamiento que padecen estos enfermos. Estas imágenes son el reconocimiento de un pasado que aún está activo. Esa memoria que siempre moldea nuestra identidad. En las familias que sufren tragedias como la mía, el tema de la esquizofrenia, la muerte o el suicidio no se hablan, ni se discute. En mi pintura este tema quedó literalmente escondido y rechazado por más de tres décadas hasta el día de hoy. No hay síntesis en el uso del medio o de las técnicas en estas obras de los últimos años. En cuanto estas técnicas no se alejen del medio sagrado del óleo. Pinto el dolor con todos los colores que pueda. Araño y retomo la superficie con imágenes, unas encima de otras. Sin reclamar la libertad del subconsciente o la independencia de los elementos fundamentales de la pintura.
Soy el espíritu que desea manifestarse en la materia. El intoxicado que quiere decir algo como mejor pueda. El visionario que metido en su propia cueva entiende que por más oscuras o intensas que se vean las imágenes éstas forman parte de un proceso de salir a la luz. Por eso mi dolor está lleno de colores. Y los arañazos no son los de un gato que ha caído en el agua sino los del león que reclama el dominio de su territorio.
Mi hermano Félix, de 21 años aproximadamente, culminó la vida de mi hermana Nancy, tomando una noche el arma de fuego de mi padre y disparándole una serie de tiros mientras ella dormía en su cama. Yo tenía 14 años y dibujaba sobre la mesa del comedor. María, mi madre, estaba en la cocina y mi padre, que entonces trabajaba de policía, se había quedado dormido en el sofá de la sala. Eran como las 8:00 pm. Se oyeron las detonaciones y luego un forcejeo de todos para quitarle el arma de fuego a mi hermano. Entonces nos percatamos de que mi hermana sangraba en la cama. Nancy fue colocada en el sofá. Ojos verdes y una tez blanca literalmente bañada en sangre. Mientras mis padres la atendían, mi hermano observaba la situación como si él no hubiera hecho nada. Un rostro en blanco. Salí corriendo a llamar de ventana en ventana a los vecinos, tratando en segundos de explicarles lo que había pasado. Observé aquella película a cámara lenta donde mi hermana fue montada en un vehículo de un vecino para luego morir en brazos de mi padre en dirección al hospital. Mientras todos se movían de lado a lado me senté fríamente frente a una pequeña tienda de comestibles que quedaba frente a mi casa de madera. Allí miré al cielo y entre tantas estrellas le dije a Dios que aquella noche yo había perdido a dos hermanos. Creo que luego de esto no recuerdo nada más. Solo veía a los vecinos buscando el revólver que fue lanzado por la ventana. El dolor de mi madre fue tanto que luego de esa noche nunca regresamos a esa casa. Es la primera vez que puedo escribir algo como esto. Tengo que escribir al mismo tiempo que todo esto aún duele demasiado.
Declarado esquizofrénico y luego de varias reclusiones y salidas de hospitales, mi hermano vivió por intervalos con nosotros. Mi padre había podido instalarnos en una modesta casa de madera en el área metropolitana de San Juan. Félix era altamente paranoico. Esto hacía bien difícil su medicación. En algunas recaídas volvía al pueblo de Vega Alta donde ocurrieron los fatales sucesos para luego ser devuelto por familiares ó amigos. Fueron varias las recaídas y muy difícil para todos mantener el equilibrio cuando se tenía al lado a alguien que se asemejaba a una bomba de relojería. En una recaída se sintió intimidado por mi hermana Miriam y la atacó con un bolígrafo. En otra ocasión se acostó con una tijera en sus manos en el cuarto que él y yo compartíamos. Esa noche ciertamente pensé que llegaba mi turno.
En una ocasión mi hermano desapareció de la casa. Esta vez no regresó como lo había hecho en otras ocasiones. Después de seis meses de buscarlo por radio y televisión apareció muerto de deshidratación y hambre por unos campos del área rural.
La persona que haya vivido junto a un enfermo mental entenderá mi ansiedad al realizar estas pinturas. No busco identificar al bueno o al malo. Tampoco busco confrontar la vida o reclamar nada a Dios. Busco, entre otras cosas, narrar un encuentro entre personajes que me recuerden lo importante que es estar vivo y para esto Vincent ha sido un medio perfecto.
EN LOS COMIENZOS
En los años 1981 82, en Chicago, al descubrir que yo padecía de un desequilibrio de azúcar, fue necesario que arañara el papel para crear una serie de autorretratos que me hicieran sentir real. Escarbando el espíritu de la carne (ténica mixta sobre papel) de 1980, sería uno de ellos.
Luego de estos autorretratos, a la luz de un nuevo régimen alimentario y un mayor control de mis emociones, tomé la decisión de romper con el pasado; terminar con un ciclo de depresiones como consecuencia del peso que aún cargaba de mi tragedia. Me decidí a terminar con todo aquel dolor que pretendía estancar mi desarrollo como individuo. Empecé por romper fotos y recuerdos de todo tipo. Me propuse literalmente no guardar nada ni coleccionar ni siquiera arte. Había que darle espacio al nuevo Roche. En aquellos momentos tomé la decisión de abandonar mi propia imagen para empezar el proceso emocional de reconocer a los demás. Esta necesidad culmina con una complicada técnica donde el modelo se coloca bajo el lienzo, suelto a manera de sábana, y es calcada su forma por el otro extremo previamente pintado con capas de óleo. Identifiqué a un niño dentro de mí que gozaba celebrando este aspecto físico y psicológico de mi técnica. Ya no tenía que mirar al pasado. La pintura se convirtió en un ejercicio de descubrimiento. Pude unificar sobre el lienzo técnicas de grabado y principios de escultura. El óleo se convirtió en un medio sagrado.
Hasta el día de hoy no asisto a cumpleaños ni bodas, entierros ni hospitales. Siempre enfocado en los vivos, en los que se mueven, para hacer de cada día un milagro, de cada encuentro un evento que pueda celebrar.
EL RETORNO
El mundo visual creado por Vincent funciona como estructura para este acercamiento de lo que se ha perdido. Mi hermano era todo aquello a lo que yo quería acercarme. Era Félix el que generaba toda la curiosidad hacia mí mismo. En aquellos 14 años era mi hermano y no mi padre el gran espejo. Tanto Félix como Vincent fueron demolidos por la demencia. Ambos cometieron actos suicidas frente al paisaje rural.
En esta historia hay que tener presente que no hay un guión ni paralelismos que seguir de cerca. No hay cartas ni yo soy Theo. Estas imágenes hablan de encuentros totalmente irreales, fabricados. En ningún cuadro aparece el rostro real de mi hermano. Los cuerpos son calcos de mis asistentes donde el rostro de Vincent o el mío son encajados. Gran parte de nuestro pensamiento raya en la fabricación de lo absurdo, de lo imposible. El hecho de que pueda compartir con el público estos delirios pictóricos lo considero un triunfo. No se trata de Roche y Van Gogh o de Van Gogh y Roche. Es empatía y la oportunidad, dentro de la tradición de la PINTURA, de compartir el alma. Lo que, desde mi punto de vista, le da valor a este trabajo.
Todos tenemos secretos de cómo logramos sobrevivir. Interactuamos entre nosotros mismos buscando esos individuos y símbolos que llenen nuestro esquema de sobrevivencia. Los míos, cuando los encuentro, terminan bajo los lienzos hechos pintura. Para recordarme que aún estoy vivo, que he tenido que aceptar que el dolor es parte de mí, que la memoria engaña, que pintar para otros sería más conveniente que pintar para uno mismo, que mis deseos de vivir me lanzan nuevamente frente al espejo de mi propia imagen obligándome a completar un rompecabezas.
|