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Comisarios Fechas Producción Lugar Catálogo |
eduardo y maud westerdahl: 2 miradas del siglo 20 Fernando Castro Borrego y Ángel Mollá Román 30 junio – 21 agosto CAAM Los Balcones 11 y 13 Bilingüe. Textos de varios autores |
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EL CAAM PRESENTA EDUARDO Y MAUD WESTERDAHL: 2 MIRADAS DEL SIGLO 20, UNA EXPOSICIÓN MULTIDISCIPLINAR SOBRE LA PRESENCIA E INFLUJO DE AMBOS EN EL PANORAMA ARTÍSTICO DEL PASADO SIGLO.
La exposición eduardo y maud westerdahl: 2 miradas del siglo 20 se complementa con la edición de un minucioso catálogo en el cual, aparte de la inclusión de la obra expuesta, se editan textos de Carlos Gaviño de Franchy, José Corredor Matheos, Joan Naranjo Niño, María Isabel Navarro Segura, Fernando Gómez Aguilera, Eliseo Izquierdo Rodríguez, así como de los propios comisarios en el que se analizan distintas facetas artísticas y personales de los protagonistas de la exposición. En él se incluye, a juicio de los comisarios: “Su infatigable labor en el campo de la crítica- desarrollada desde rigurosos planteamientos estéticos-nos ha llevado a establecer una bibliografía exhaustiva que por primera vez recopile su producción; así como una antología selectiva de sus textos que dé cuenta de su amplio ideario estético”.
Este proyecto se vincula a un nuevo modelo de exposición que subraya el papel que destacados intelectuales, escritores o críticos ejercieron como impulsores de la actividad de las vanguardias. Tal es el caso de Éluard et ses amis peintres (Centro Georges Pompidou, 1982), André Breton y el Surrealismo (Pompidou, 1991), Mundo de Cirlot (IVAM, Valencia, 1996), Ismos. Ramón Gómez de la Serna (Centro de Arte Reina Sofía, 2002), Rafael Santos Torroella (Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2003). La novedad, en este caso, deriva de su carácter doble, ya que pretende reconstruir la sinergia vital e intelectual que se produjo cuando al impulso de Eduardo Westerdahl (1902-1983) se unió el influjo de Maud Boneaud (1921-1991), así como su irradiación mucho más allá de nuestras fronteras. El joven Eduardo Westerdahl se propuso vincular la vanguardia internacional en las artes, la arquitectura, la literatura o el pensamiento, con la realidad cultural de Canarias. Su extraordinaria energía, capacidad de trabajo, comunicación e iniciativa –así como su imaginación, lucidez y compromiso– le llevaron a ser mucho más que un referente local: su relación con muchos de los creadores más importantes del siglo veinte, y la nitidez de su compromiso estético y ético, le convierten en una figura intelectual imprescindible. Ni siquiera la proliferación de exposiciones relacionadas con su mundo agotan dicho legado. Su trayectoria anterior a la Guerra Civil, como Pajaritas de papel –una experiencia juvenil e iniciática– o gaceta de arte –su gran proyecto personal–, no puede oscurecer su participación en otras empresas culturales tanto en Canarias (LADAC) como en la península (Escuela de Altamira), a partir del difícil periodo de postguerra. Domínguez, Millares, Chirino, fueron algunos de los artistas para quienes su aportación crítica fue decisiva. A pesar de que tras la guerra su actividad se prolongó casi medio siglo (hasta su muerte en 1983), las exégesis se han centrado casi exclusivamente en el periodo anterior. Hay facetas de su personalidad intelectual aún desconocidas, apenas estudiadas o nunca expuestas, desde su espléndida colección de arte del siglo 20 hasta su versátil creatividad: pintura, diseño, tipografía, collage, fotografía, poesía… de todo ello trata de dar cuenta esta muestra. Por otra parte, su infatigable labor en el campo de la crítica –desarrollada desde rigurosos planteamientos estéticos– nos ha llevado a establecer una bibliografía exhaustiva que por primera vez recopile su producción; así como una antología selectiva de sus textos que dé cuenta de su amplio ideario estético.
A la fidelidad racionalista de Eduardo se sumó, a partir de los años 50, el influjo bretoniano, mágico y exotista de Maud Bonneaud, si bien ella prefería hablar de “surrealismo cartesiano”. Desde su primera casa funcionalista en la calle Enrique Wolfson de Santa Cruz de Tenerife, hasta la vivienda de la Avenida de los Reyes Católicos, la presencia de Maud, determinó por completo aquellos ambientes: sus bellísimos e intencionados esmaltes, su taller, sus libros y fetiches, sus máscaras y tapices africanos, sus muñecas de Bali, sus objetos surrealistas y toda una serie de bibelots (desplegados por la casa o en vitrinas). Un ambiente físico y espiritual que suscitaba en quienes lo conocieron una experiencia muy especial que ha llegado el momento de recuperar. El vacío crítico que, hasta la fecha, pesa sobre la aportación creativa de Maud (que ya desde los años 40 expuso joyas y esmaltes en París, Londres, Praga, Bratislava, Madrid, Tenerife…), ha ido a la par con el desconocimiento de sus escritos u otros aspectos relevantes de su figura. El vínculo de Maud y Eduardo con una serie de mujeres artistas, escritoras o intelectuales, comprometidas a fondo con el mundo del arte, hace que su legado cobre gran actualidad y un interés añadido, dado el valor que –muy lúcidamente– les otorgaron ambos.
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